Furioso, galopaba hacía la región de Luas, de dónde se rumoreaba, que una ninfa divina había bajado del cielo de los dioses para sembrar prosperidad por los años venideros. No podía permitirlo. El único hueco que llenaba su alma era el odio, harto de ansiar una muerte que, asumió, jamás llegaría. Y de ahí su incansable lucha por arrebatar todo halo de esperanza humana siempre que tuviese la ocasión. No sería la primera ninfa que fuese a asesinar. Tras de sí, siempre dejaba un reguero de muerte y destrucción. Su amargura y odio iban en aumento desde que apareció la marca. Un símbolo daédrico en su muñeca, con el que despertó una mañana, y que le hundía en la oscuridad más profunda con cada vida arrebatada. Él siempre lo había tomado cómo la burla final de su padre, vendiéndole al inframundo y convirtiéndole en el arma de los daedra, un semi-dios que hacía florecer la muerte a cada paso que daba. Había llegado a Luas, y con él, la tormenta que asolaba cada lugar al que llegaba. Pero entonces algo cambió, el manto de oscuridad que extendió sobre la vasta región, se vio empañado por un inmenso rayo de luz en el centro de un bosque. Cuando llegó al lugar de dónde brotaba la luz, observó mientras desenvainaba su espada a la portadora de ella. Estaba de espaldas, rozando con sus dedos el agua de una fuente natural. Las pupilas de Kaim tornaron a un rojo intenso, levantó la espada y se dirigió hacia ella gritándole:
- ¡¡Tú, portadora de luz y felicidad, estos humanos jamás podrán conservarla, jamás la apreciarán y pronto te olvidarán!! - La Ninfa no se giró. Kaim enfureció y volvió a gritar.
- ¡¡Soy el siervo de la muerte, el grito de la amargura, y aquí y ahora acabaré con tu vida!!
Entonces la ninfa dio media vuelta y miró a Kaim. Éste palideció, el sobresalto le hizo dejar caer la espada al suelo. Sus piernas no reaccionaban, cayó al suelo de rodillas sin poder articular palabra. Hasta que finalmente, se alcanzó a oir en el bosque el leve susurro de Kaim diciendo:
- Tú...


