A lomos de Gorhäm, el caballo más veloz de toda la comarca, Kaim se apresuraba por los tranquilos bosques de Aragrón, sin perder ni un segundo en mirar atrás. Su corazón latía apresurado. En su mente, ideas contrapuestas le perseguían y agobiaban. Sentía al mismo tiempo el peso de la nostalgia sobre su pecho y la desbordante alegría del preso que, tras años de castigo, vuelve a contemplar la luz del sol. Quince años después ya no era extraño a esas sensaciones. Su padre le arrebató el poder divino, y desde entonces había podido experimentar los sentimientos propios de un mortal, aunque precisamente eso era lo único que le distinguía del resto, la inmortalidad. Dolor, placer, ira, amor, rabia, odio, monotonía, felicidad... Sentimientos ajenos a un Dios en la forma de experimentarlos, y que le habían embriagado tanto, hasta el punto de tomar decisiones que se oponían a la razón, algo impensable para un Dios. Pero él ya no lo era, y jamás lo volvería a ser. Sus quince años en el mundo de los hombres fueron más intensos, en cualquier sentido, que las decenas de siglos experimentadas previamente. Durante años se mintió diciéndose que Lüthién era lo más grandioso que le podía haber pasado nunca. El mundo de los hombres y, por encima de todo, su forma de vivir eran su auténtica pasión. "Hoy quiero llorar, mañana reiré, mi alma viaja hacia un mundo nuevo" - Pensó Kaim apretando los dientes.
La mañana siguiente trajo consigo una terrible tormenta a la comarca. Lüthién despertó sobresaltada. Se levantó de la cama y fue directa a la ventana, dónde observó el horrible temporal que hacía. No tardó en comprobar que Kaim no estaba en casa. No se extrañó demasiado pues, los últimos cinco años, Kaim pasaba la mayoría del tiempo fuera de casa. Vivían cerca de un pequeño pueblo, junto a un lago y rodeados de uno de los bosques más bellos de la zona. Desde hace meses, la bella ninfa, sufría por su compañero, al que veía triste y, a menudo, demasiado obsesionado con aprender más sobre los hombres y sus sentimientos. Habían viajado por los sitios más remotos del mundo, pero al contrario que a ella, Kaim no parecía conformarse. Sus pensamientos se vieron interrumpidos bruscamente por una pequeña nota doblada, sobre la mesa del comedor. La abrió con miedo, pues temía encontrarse malas noticias. "Mi querida Lüthién, quince años a tu lado, en un mundo como éste, es mucho más de lo que cualquiera desearía. Pero mi alma no duerme tranquila, pensando en lo que puede ofrecer una vida humana. Este camino tengo que recorrerlo solo. Quiero enamorarme, llorar, reir, sentir la puñalada de una traición o resurgir con la locura de un nuevo primer beso. No tenía valor para decírtelo, de ahí que lo deje escrito. Espero sepas perdonarme. Sé que seguirás tu camino sin mí, eres fuerte y la vida se abre ante ti ahora. Puede que algún día nuestros caminos vuelvan a cruzarse. No me olvides, Kaim." Las lágrimas de Lüthién empaparon el papel. Cayó al suelo de rodillas y miró una vez más a la ventana. Inmóvil, pasó horas contemplando la lluvia.

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