viernes, 7 de diciembre de 2012

Lüthién y Kaim (Parte 6)

De pie observaba el desolado campo de batalla. Hacía tiempo que las tropas vencedoras se habían retirado, dejando sólo cadáveres,sobre la tierra quemada. Kaim permanecía silencioso bajo la lluvia, contemplando la muerte. Esa que ansiaba con tanta fuerza. Muchos años habían transcurrido desde que abandonó su hogar en busca de aventuras y, sobretodo, sentimientos. Ahora no quedaba nada de ese Kaim. El maravilloso mundo humano que había saboreado tiempo atrás sólo era un espejismo, una gota de agua en un desierto de amargura. Para un Dios era inconcebible la dualidad con la que se regía el mundo mortal. Cada sensación estaba provocada por su contrapuesta. Los humanos ansiaban la alegría y felicidad, pero no se daban cuenta que se aferraban a la tristeza y el odio en la mayoría de ocasiones para así poder degustar los pequeños buenos momentos. No logró empatizar con ellos. No había lugar en el que su alma divina pudiese encontrar paz durante más de unos meses. Y le quemaba la ausencia de Lüthién, la cual intentó buscar sin éxito durante dos décadas. Angustiado, vagaba por el mundo recreándose en la muerte, que para él era el único momento genuino de todo humano, incapaz de esquivarla e igual ante ella. Miro una vez más los cuerpos sin vida, y les envidió, sabiéndose inmortal en un lugar que no era el suyo, y que nunca lo sería. 

Furioso, galopaba hacía la región de Luas, de dónde se rumoreaba, que una ninfa divina había bajado del cielo de los dioses para sembrar prosperidad por los años venideros. No podía permitirlo. El único hueco que llenaba su alma era el odio, harto de ansiar una muerte que, asumió,  jamás llegaría. Y de ahí su incansable lucha por arrebatar todo halo de esperanza humana siempre que tuviese la ocasión. No sería la primera ninfa que fuese a asesinar. Tras de sí, siempre dejaba un reguero de muerte y destrucción. Su amargura y odio iban en aumento desde que apareció la marca. Un símbolo daédrico en su muñeca, con el que despertó una mañana, y que le hundía en la oscuridad más profunda con cada vida arrebatada. Él siempre lo había tomado cómo la burla final de su padre, vendiéndole al inframundo y convirtiéndole en el arma de los daedra, un semi-dios que hacía florecer la muerte a cada paso que daba. Había llegado a Luas, y con él, la tormenta que asolaba cada lugar al que llegaba. Pero entonces algo cambió, el manto de oscuridad que extendió sobre la vasta región, se vio empañado por un inmenso rayo de luz en el centro de un bosque. Cuando llegó al lugar de dónde brotaba la luz, observó mientras desenvainaba su espada a la portadora de ella. Estaba de espaldas, rozando con sus dedos el agua de una fuente natural. Las pupilas de Kaim tornaron a un rojo intenso, levantó la espada y se dirigió hacia ella gritándole:

- ¡¡Tú, portadora de luz y felicidad, estos humanos jamás podrán conservarla, jamás la apreciarán y pronto te olvidarán!! - La Ninfa no se giró. Kaim enfureció y volvió a gritar.
- ¡¡Soy el siervo de la muerte, el grito de la amargura, y aquí y ahora acabaré con tu vida!!

Entonces la ninfa dio media vuelta y miró a Kaim. Éste palideció, el sobresalto le hizo dejar caer la espada al suelo. Sus piernas no reaccionaban, cayó al suelo de rodillas sin poder articular palabra. Hasta que finalmente, se alcanzó a oir en el bosque el leve susurro de Kaim diciendo:

- Tú...


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