viernes, 3 de agosto de 2012

Lüthién y Kaim (Parte 5)

El mar se estremecía metros abajo. De nuevo tormenta. Hacía más de un año que en el bosque ya no salía el sol. Las gotas de lluvia le caían por su pálido rostro, desgastado y consumido, como el resto de su persona e incluso de su alma. Miró hacia el mar, más de trescientos metros del barranco más alto de la zona la separaban del mar y del rugido desafiante de las olas al chocar contra la dura piedra. "Sólo estoy a un paso, esta vez lo haré, no pasaré un día más en este marchito infierno" - Pensó Lüthién. Habían transcurrido setenta primaveras desde que Kaim marchara. Desertó a un bosque, el cual fue pasto de su maldición, y se fue consumiendo poco a poco, como ella. "La bruja Gris", la llamaban los lugareños, ignorantes de que, años atrás, su belleza podría paralizar el corazón de cualquier hombre. "Te odio Kaim, te odio con más fuerza que a este turbio destino, odio tu egoísmo, odio tu recuerdo, odio que me odie por ti" - Gritó al aire. Después, cerró los ojos, y saltó al vacío, directa al descanso de la muerte ansiada.

Abrió los ojos y se encontró flotando en el aire, por encima del barranco desde donde había saltado. En frente suya, también flotando, se encontraba una extraña mujer. Vestía con un manto negro que apenas dejaba ver parte de sus brazos y la mitad de su cara. Su piel era oscura, su pelo completamente blanco, y sus ojos carecían de pupila, lo que le otorgaba un aspecto aún más siniestro.
- ¿Qué quieres? - Preguntó Lüthién.
- Mi nombre es Sarah, soy la daedra del odio, de mí salen todos los peores deseos que un hombre pueda tener. Codicia, venganza, ira, celos...
- No me asustas - Interrumpió Lüthién - Mi vida ha llegado a su fin, y ni tú ni nadie lo evitará. Vuelvo a preguntarte, ¿qué es lo qué quieres?
- Tu odio me ha traído hasta aquí, Lüthién, hija del Dios Kaim, para proponerte un trato. Quiero librarte de las ataduras que hacen que anheles la muerte, te ofrezco borrar para siempre de tu mente a Kaim y devolverte la belleza divina que te otorgó. - Replicó con una voz provista de un escalofriante eco distorsionado.
- ¿Y por qué querría una daedra, hija de demonios, ayudarme? ¿Qué quieres a cambio?
- Quiero el alma de tu creador. Sólo un hijo de los dioses podría entregarnos un alma. Te ofrezco la liberación, a cambio de que Kaim sufra en este mundo hasta el punto de anhelar la muerte y, entonces, una vez busque el descanso eterno que los dioses le han negado, poseer su alma el resto de sus días.
- Creo que prefiero morir... - Exclamó con voz temblorosa Lúthien. - No hay nada en este mundo que desee más que el sentimiento de no haber conocido nunca a Kaim, pero el precio que pides es demasiado alto, incluso con todo el odio que le profeso.
- Sigues siendo una estúpida, él sabía que con cada primavera sufrirías un tormento y te dejó a merced del implacable tiempo y, aún así, piensas en sacrificarte para salvarlo. Te lo preguntaré una vez más, ¿morirás como una desgraciada bruja presa de una maldición al que te sometió tu propio creador o vivirás para ver de nuevo la luz del sol sin las cadenas del engaño vano del amor?
Lüthién pasó varios minutos pensando, con la cabeza agachada. Sus ojos no paraban de llorar. Su triste mirada no podía apartarse de las olas. Pensó una última vez en Kaim, dejó de llorar. Levantó la cabeza y exclamó decidida:
- Acepto.

El sol la despertó de repente. Se encontraba en lo alto de una hermosa montaña desde la que se podía divisar un paisaje de ensueño. El amanecer bañaba un enorme prado que culminaba con una gran ciudad blanca, rodeada de grandes montañas. No recordaba la luz del sol, ni cómo había llegado allí, ni siquiera su nombre. Por alguna extraña razón se sentía liberada. Sonrió y el sol alumbró con más fuerza aún, como si hubiese subido a lo más alto del cielo sólo para contemplarla a ella, la ninfa más hermosa del Universo.