Cierro los ojos y me trasporto a un mundo de fantasía donde no existe el dolor, ahí donde todas las noches me acompañan personas que siempre están para mí. Descanso de mis pesadillas y frivolizo inventando una realidad alternativa.
Río con Lorelai y Rori, descubriendo que la vida, por muy dura que sea, siempre es divertida. Nada puede amargarnos, todo es ilusionante. Y si no me queda claro, Joey Tribbiani me lleva a un apartamento de Nueva York, para que me psicoanalice Frasier mientras escucho chistes de Seinfield. Alegría y humor, la felicidad parece estar muy cerca...
Pero necesito algo más. Salgo de allí buscando aventura, buscando algo que me llene de verdad. Me encuentro ante cientos de personas que gritan mi nombre y me aclaman. Gannicus me ofrece una espada con la que matar sin piedad uno a uno a todos mis enemigos en la arena. La sangre me salpica mientras mi nombre suena al viento. Todos caen ante mi destreza. Vuelo junto a Gohan buscando un enemigo de mi altura. Salvo al mundo, me pierdo en una isla y sobrevivo a una invasión zombie. La sobredosis de gloria y adrenalina me mantiene aletargado, cómo si ya nada más me importase. Pero sigue faltando algo...
Entonces me doy cuenta, ¿de qué me sirven las fantasías más extraordinarias sin amor? Retuerzo una vez más mi realidad ficticia para que Barney Stinson me presente un montón de mujeres en un bar. Pero yo quiero algo más auténtico, más puro, así que Ted Mosby me lleva a un hospital cercano, dónde vivo una maravillosa historia de amor con la doctora Grey. Aunque tenemos nuestras diferencias, vivimos un apasionado romance lleno de aventuras, viajes de ensueño y fuegos artificiales sobre rascacielos. Porfin creo que he llegado donde quería, este puede que sea mi mundo...

La última realidad inventada es de la que antes me canso. Salgo al vacío infinito y me desespero. ¿Será verdad que no existe la auténtica felicidad? ¿Será que siempre quiero más y más? ¿Qué es lo que necesito? Mi subconsciente crea un último mundo. Se caracteriza por ser familiar en todo... y a la vez en nada. Entro en un bar muy distinto al que me llevo Barney, es un bar normal y corriente, sin supermodelos, ni mesas e iluminación perfectas, ni clones de gente feliz en cada rincón. Allí McNulty me invita a unas cervezas, y me explica lo duro que es buscar a alguien que merezca la pena, lo mal que se porta la vida con quién menos lo merece y lo jodido que es levantarse cada día y seguir luchando. Me conmueve, me entristece, me alivia de algún modo. A la salida, Tony Soprano me mete en un coche. Me lleva con su psiquiatra, y me dice que incluso los gangsters tienen problemas, estrés y riñas familiares. Por primera vez en mi ficción, me siento agusto.

Decido quedarme allí, donde el dolor golpea fuerte, donde la incertidumbre intenta controlar tus pasos y donde el miedo aguarda siempre, esperando su momento para hundirte. Pienso que he enloquecido, que nadie cuerdo se quedaría en un mundo así. Pero mi fantasía empieza a cobrar sentido. Cada día lo empiezo como una aventura nueva, no tan emocionante como las anteriores, pero mucho más auténtica. Aprecio lo que tengo porque me lo he ganado, y disfruto de cada buen momento por lo que cuesta encontrarlo. No sé si aquí seré feliz, el tiempo lo dirá, pero sólo aquí podría intentar serlo. Finalmente despierto en mi cama. Es tarde y apenas he dormido. Me gustaría seguir soñando, me gustaría volver a esos mundos que con tanta ligereza había despreciado antes. Pero toca levantarse y luchar, porque se está haciendo tarde, y se acerca el invierno...