Fue entonces la primera vez que la vio. Era una preciosa ninfa, de las que sólo había oído hablar a sus hermanos en alguna ocasión. Tenía una increíble piel blanca que al contacto con el sol era mucho más bella que cualquier paisaje de Glimor. La forma perfecta de sus caderas, ridiculizaba las miles de montañas del mundo. Pero si su cuerpo parecía fruto de la mayor de las obras de Ilúvatar, su cara era todo un desafío a las creaciones más bellas jamás vistas. Sus dos ojos azules podían eclipsar los enormes y venerados astros gigantes del cielo. Y su pelo rubio evocaba todos y cada uno de los más de quinientos amaneceres deslumbrantes que Kaim había visto en Glimor.
- "Eres tú, al fin, mi creación" - dijo Kaim. "No puedo creer que lo haya logrado..."
- "Aún no estoy acabada, mis labios no brillan como deberían hasta que tú no los beses." - Contestó ella. "Sólo a tu lado puedo estar completa" - Y sonrió.
- "Eres Lüthién, Creación mayor de los Dioses, belleza imperecedera y fruto del canto más hermoso que el universo haya escuchado" - Y la besó.
Kaim ya estaba seguro, nada en el mundo podría superar la belleza de su obra, pronto regresaría a la Tierra de los Dioses.
Ilúvatar habló con Kaim, y le expresó lo inmensamente feliz que estaba. Le dijo a Kaim que era hora de volver a casa. Pero Kaim pidió que, ya que no volvería a ver más a su obra, Ilúvatar le diese cincuenta años para contemplarla y despedirse. De ella y de Glimor. Ilúvatar lo consideró aceptable, más le dio una condición para ello: "Cincuenta años te daré para que te embriagues de las maravillas de tus hermanos, más de la tuya propia deberás tener cuidado, pues su magia escapa a tu propio conocimiento. Cincuenta años tienes, más cada segundo que pases con tu ninfa, tu estancia en Glimor se verá acortada".
Kaim asintió, dio las gracias, y marchó a recorrer por completo Glimor. No sin antes, visitar a Lüthién...

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