jueves, 22 de marzo de 2012

Lüthién y Kaim (Parte 1)

En la vasta tierra de Glimor, Ilúvatar, el Dios más grande y poderoso de todos, puso a uno de sus hijos más queridos: Kaim. Glimor era un inmenso mundo, en el que iban a parar las más bellas de entre todas las obras que los hijos de Ilúvatar creaban al cantar con su voz. Ilúvatar sólo depositó una, su más valiosa creación, su hijo Kaim. 

Claras fueron las palabras de su padre, al regalarle semejante paraíso: "Tú, Kaim, hijo de mi cantar más intenso, serás el único que podrá contemplar las más bellas creaciones que los dioses realicen. Más tu bendición podría convertirse en maldición, ya que no tendrás contacto conmigo, ni con ninguno de tus hermanos, ni se te permitirá regresar a la tierra de los dioses, hasta que no completes una obra capaz de eclipsar todos los cantares que, durante siglos, tus hermanos han creado." 

Kaim anduvo siglos paseando por Glimor, admirando todas y cada una de las maravillas que sus hermanos habían labrado. Él jamás había cantado, mucho menos creado un éter, como en Arda se conocían a los preciosos paisajes,objetos, astros y demás materiales que poseían una belleza especial. Y no sólo era por ser conocido cómo el menor de sus hermanos, sino por un miedo terrible a crear algo desagradable, impensable para un Dios. Sabía que por eso su Padre le había puesto allí siglos atrás.

El paso del tiempo le empezaba a quemar. Ese mundo, del que pensaba, jamás se cansaría, comenzó a quedarse pequeño, vacío. La soledad le nublaba el corazón y cada día que pasaba, las maravillas de los otros dioses no le parecían tan bellas. Cansado y debilitado, con las fuerzas del que se sabe sin nada que perder, Kaim apeló por fin a componer un canto, el único canto que pronunciaría en toda su vida.

Glimor se agitó, su canto tiñó de oscuridad el cielo y la tierra. Kaim no se detuvo. Pasó más de treinta años cantando mientras daba forma a su éter. Finalmente, cayó al suelo desplomado y se sumió en un profundo sueño que duraría años. 

Cuando despertó, Glimor seguía tal y como la recordaba. Voló por todo el mundo desesperadamente, buscando su obra única que le haría por fin volver con su familia. Ni rastro. Todo estaba exactamente igual. LLanuras, montañas, ríos, cascadas... no había logrado ni siquiera recrear un bello paisaje, mucho menos esculpir en el cielo un astro que empequeñeciera a todos los demás creados hasta ahora. Enfureció, gritó de rabia, lloró y se resignó. Jamás volvería con su familia.



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